domingo, enero 28, 2007

Trajano, los bomberos y los cristianos....



Al emperador Trajano (98-117 d.C) no le gustaban las "asociaciones".

Esto no era nada nuevo, pues ya César en el año 7 a.C las había prohibido considerando que pronto se transformaban en grupos políticos y determinando que :

"Quienquiera establezca una asociación sin autorización especial, es pasible de las mismas penas de aquellos que atacan a mano armada los lugares públicos y los templos".

Así que cuando el gobernador de Bitinia, Plinio el Joven, tras el incendio de la capital, Nicomedia, escribía a Trajano: "Te toca a ti, señor, valuar si es necesario crear una asociación de bomberos de 150 hombres. De mi parte, cuidaré de que tal asociación no incorpore sino bomberos...", Trajano rechazando la idea le respondía: " No te olvides que tu provincia es presa de sociedades de este género. Cualquiera sea su nombre, cualquiera sea la finalidad que nosotros queramos dar a hombres reunidos en un solo cuerpo, esto da lugar, en cada caso y rápidamente, a eterías".

[Eterías es el nombre en griego de las asociaciones].

Bitinia era una muy poblada, rica y alejada provincia del Imperio Romano, a orillas del mar Muerto, y su gobernador, el que así se dirigía a Trajano, era el muy rico y erudito Cayo Plinio Cecilio Segundo (62-113 d.C), más conocido como Plinio el Joven.

Nacido en Como (Novum Comum), era sobrino de Plinio el Viejo que le había adoptado al quedar huérfano y cuyo nombre tomó en el año 79. Tribuno militar, cuestor, pretor, cónsul y legado imperial, sus cartas proporcionan una visión muy valiosa de la vida en el siglo I d.C, de sus amigos y contemporáneos.

Además de su "Panegírico", un elogio al emperador Trajano del que era buen amigo, fue autor de nueve libros de cartas, "Epistolae", y de un décimo libro conteniendo su correspondencia oficial como gobernador de Bitinia con el emperador Trajano.

Me ha parecido de gran interés el conocimiento por el lector del texto completo de la Carta que Plinio el Joven dirige al emperador Trajano con respecto a los cristianos y la respuesta de éste, cartas 96 y 97 del libro X de las "Epistolae".


Plinio el Joven, Epist. X,96 (carta a Trajano):

(1) Señor, es norma mía someter a tu arbitrio todas las cuestiones que me ofrecen motivo de duda. ¿Quién mejor para encauzar mi incertidumbre o para saldar mi ignorancia? Nunca he llevado a cabo pesquisas sobre los cristianos (cognitionibus de christianis interfui numquam): no sé, por tanto, qué hechos o en qué medida han de ser castigados o perseguidos.

(2) Y harto confuso (me he preguntado) si no se da discriminación en punto a la edad o si la tierna edad ha de ser tratada de modo diverso a la adulta; si se debe perdonar a quien se arrepiente, o bien si a quien ha sido cristiano hasta la médula (qui omnino christianus fuit) le ayuda algo el abjurar; si se ha de castigar en razón del mero nombre (nomen), aun cuando falten actos delictivos, o los delitos (flagitia) vinculados a dicho nombre. Entre tanto, he aquí cómo he actuado con quienes me han sido denunciados como cristianos (qui ad me tamquam christiani deferebantur).

(3) Les preguntaba a ellos mismos si eran cristianos (an essent christiani). A quienes respondían afirmativamente, les repetía dos o tres veces la pregunta, bajo amenaza de suplicio; si perseveraban, les hacia matar. Nunca he dudado, en efecto, fuera lo que fuese lo que confesaban, que semejante contumacia e inflexible obstinación (pertinaciam certe et inflexibilem obstinationem), merece castigo al menos.

(4) A otros, convictos de idéntica locura, como eran ciudadanos romanos, hacia los trámites pertinentes para enviarlos a Roma. Y no tardaron, como siempre sucede en estos casos, al difundirse el crimen (diftundente se crimen) a la par que la indagación, en presentarse numerosos casos diversos.

(5) Me llegó una denuncia anónima que contenía el nombre de muchas personas. Quienes negaban ser o haber sido cristianos (qui negabant esse se christianos aut fuisse), si invocaban a los dioses conforme a la fórmula impuesta por mí, y si hacían sacrificios con incienso y vino ante tu imagen, que a tal efecto hice erigir, y maldecían además de Cristo (male dicerent Christo) –cosas todas que, según me dicen, es imposible conseguir de quienes son verdaderamente cristianos (qui sunt re vera christiani)– consideré que debían ser puestos en libertad.

(6) Otros, cuyo nombre había sido denunciado, dijeron ser cristianos y lo negaron poco después (esse se christianos dixerunt et mox negaverunt); lo habían sido, pero luego habían dejado de serlo, algunos hacia tres años, otros más, otros incluso veinte años atrás. También todos estos han adorado tu imagen y la estatua de los dioses y han maldecido de Cristo (et Christo male dixerunt).

(7) Por otra parte, ellos afirmaban que toda su culpa y error consistía en reunirse en un día fijo antes del alba y cantar a coros alternativos un himno a Cristo como a un dios (quod essent soliti stato die ante lucem convenire carmenque Christo quasi deo dicere secum invicem) y en obligarse bajo juramento (sacramento) no ya a perpetrar delito alguno, antes a no cometer hurtos, fechorías o adulterios, a no faltar a la palabra dada, ni a negarse, en caso de que se lo pidan, a hacer un préstamo. Terminados los susodichos ritos, tienen por costumbre el separarse y el volverse a reunir para tomar alimento (rursusque coeundi ad capiendum cibum), común e inocentemente. E incluso de esta práctica habían desistido a raíz de mi decreto por el que prohibí las asociaciones (hetaerias), conforme a tus órdenes.

(8) Intenté por todos los medios arrancar la verdad, aun con la tortura, a dos esclavas que llamaban servidoras (ministrae). Pero no llegué a descubrir más que una superstición irracional y desmesurada (superstitionem pravam et inmodicam).

(9) Por ello, tras suspender la indagación, recurro a ti en busca de consejo. El asunto me ha parecido digno de consulta, sobre todo por el número de denunciados: Son, en efecto, muchos, de todas las edades, de todas las clases sociales, de ambos sexos, los que están o han de estar en peligro. Y no sólo en las ciudades, también en las aldeas y en los campos se ha propagado el contagio de semejante superstición. Por eso me parece que es preciso contenerla y hacerla cesar.

(10) Me consta con certeza que los templos, desiertos prácticamente, comienzan a ser frecuentados de nuevo, y que las ceremonias rituales (sacra sollemnia) hace tiempo interrumpidas, se retoman, y que se vende por doquier la carne de las victimas que hasta la fecha hallaba escasos compradores. De donde es fácil deducir qué muchedumbre de hombres podría ser sanada si se aceptase su arrepentimiento.


Plinio el Joven, Epist. X,97 (respuesta de Trajano):

Caro Segundo, has seguido acendrado proceder en el examen de las causas de quienes te fueron denunciados como cristianos (qui christiani ad te delati fuerant). No se puede instituir una regla general (in universum aliquid), es cierto, que tenga, por así decir, valor de norma fija. No deben ser perseguidos de oficio (conquirendi non sunt).

Si han sido denunciados y han confesado, han de ser condenados, pero del siguiente modo: quien niegue ser cristiano (qui negaverit se christianum esse) y haya dado prueba manifiesta de ello, a saber, sacrificando a nuestros dioses, aun cuando sea sospechoso respecto al pasado, ha de perdonársele por su arrepentimiento (veniam ex paenitentia impetret). En cuanto a las denuncias anónimas, no han de tener valor en ninguna acusación, pues constituyen un ejemplo detestable y no son dignas de nuestro tiempo.


PLINIUS SECUNDUS

Epistolae

X, 96

Plinius Traiano imperatori.
Sollemne est mihi, domine, omnia, de quibus dubito, ad te referre. Quis enim potest melius vel cunctationem meam regere vel ignorantiam instruere?
Cognitionibus de Christianis interfui nuquam; ideo nescio, quid et quatenus aut puniri soleat aut quaeri. Nec mediocriter haesitavi, sitne aliquod discrimen aetatum, an quamlibet teneri nihil a robustioribus differant, detur paenitentiae venia, an ei qui omnio Christianus fuit, decisse non prosit, nomen ipsum, si flagitiis careat, an flagitia cohaerentia nomini puniantur.
Interim (in) iis, qui ad me tamquam Christiani deferebantur, hunc sum secutus modum. Interrogavi ipsos, an essent Christiani. Confitentes iterum ac tertio interogavi supplicium minatus; perseverantes duci iussi. Neque enim dubitabam, qualecumque esset, quod faterentur, pertinaciam certe et inflexibilem ostinationem debere puniri. Fuerunt alii similis amentiae, quos, quia cives Romani erant, adnotavi in urbem remittendos. Mox ipso tractatu, ut fieri solet, diffundente se crimine plures species inciderunt.
Propositus est libellus sine auctore multorum nomina continens. Qui negabant esse se Christianos aut fuisse, cum praeeunte me deos appellarent et imagini tuae, quam propter hoc iusseram cum simulacris numinum afferri, ture ac vino supplicarent, praeterea maledicerent Christo, quorum nihil cogi posse dicuntur, qui sunt re vera Christiani, dimittendos esse putavi.
Alii ab indice nominati esse se Christianos dixerunt et mox negaverunt; fuisse quidem, sed desisse, quidam ante triennium, quidam ante plures annos, non nemo etiam ante viginti. Hi quoque omnes in imaginem tuam deorumque simulacra venerati sunt et Christo maledixerunt.
Affirmabant autem hanc fuisse summam vel culpae suae vel erroris, quod essent soliti stato die ante lucem convenire carmenque Christo quasi deo dicere secum invicem seque sacramento non in scelus aliquod obstringere, sed ne furta, ne latrocinia, ne adulteria committerent, ne fidem fallerent, ne depositum appellati abnegarent. Quibus peractis morem sibi discedendi fuisse rursusque coeundi ad capiendum cibum, promiscuum tamen et innoxium; quod ipsum facere desisse post edictum meum, quo secundum mandata tua hetaerias esse vetueram. Quo magis necessarium credidi ex duabus ancillis, quae ministrae dicebantur, quid esset veri, et per tormenta quaerere. Nihil aliud inveni quam superstitionem pravam, immodicam.
Ideo dilata cognitione ad consulendum te decurri. Visa est enim mihi res digna consulatione, maxime propter periclitantium numerum; multi enim omnis aetatis, omnis ordinis, utriusque sexus etiam, vocantur in periculum et vocabuntur. Neque civitates tantum, sed vicos etiam atque agros superstitionis istius contagio pervagata est; quae videtur sisti et corrigi posse. Certe satis constat prope iam desolata templa coepisse celebrari et sacra sollemnia diu intermissa repeti passimque venire victimarum carnem, cuius adhuc rarissimus emptor inveniebatur. Ex quo facile est opinari, quae turba hominum emendari possit, si sit paeni-tentiae locus.

X, 97


Traianus Plinio.
Actum, quem debuisti, mi Secunde, in excutiendis causis eorum, qui Christiani ad te delati fuerant, secutus es. Nequae enim in universum aliquid, quod quasi certam formam habeat, constitui potest. Conquirendi non sunt; si deferantur et arguantur, puniendi sunt, ita tamen, ut, qui negaverit se Christianum esse idque re ipsa manifestum fecerit, id est supplicando dis nostris, quamvis suspectus in praeteritum, veniam ex paenitentia impetret. Sine auctore vero propositi libelli (in) nullo crimine locum habere debent. Nam et pessimi exempli nec nostri saeculi est.

Students.gf.nsu.ru (http://students.gf.nsu.ru/medieval/latin/fplinius.html).


[ Ignoro cual es la "misteriosa" razón que me impide siempre editar el texto de una manera "normal" hacia mediados del blog.....]

jueves, enero 04, 2007

Una muestra del talante escéptico.....




(Copia de la Sábana anterior al gran incendio de 1532 y que muestra las señales de las quemaduras que parece sugerir el Códex Pray)


Me congratula que un escéptico conocido y que es llamado a participar en eventos escépticos "importantes", Mauricio-José Schwarz., escriba en su página "El retorno de los charlatanes" pretendiendo ridiculizarme:



".....para anunciar que la MOPA era para La sábana y los escépticos por su demostración de que la "sábana santa" es "genuina" porque la posición de cuatro de los muchísimos hoyitos que dejó en ella el incendio de 1532 que casi se la carga, coinciden (más o menos) con cuatro circulitos dibujados en el Códex Pray".



http://charlatanes.blogspot.com/



Me congratula porque populariza mi blog en su página, lo que es de agradecer, y además porque ejemplifica el talante de algunos "escépticos" como él, confundiendo las importantes quemaduras del incendio de 1532 con los "hoyitos", como dice, de unas quemaduras anteriores a 1192-95 que es la fecha del Códex Pray.



¡Cuantas barbaridades en tan pocas palabras!



-Ignora que las copias de la sábana anteriores a 1532 muestran ya la presencia de ese pequeño número de quemaduras



-Ignora que el Códex Pray está datado en 1192



-Ignora que la Sábana para ser genuina no precisa del Códex Pray, le basta y sobra los estudios científicos sobre ella realizados.



Debiera haber galardonado con esa inmerecida MOPA al notable escéptico Paul-Éric Blanrue que, con mucha mayor imaginación que yo en los 9 "hoyitos" (¡son 9 y no 4, Mauricio!), ha visto diamantes que configuran una X y una P, el anagrama de Cristo.¡Eso si que es meritorio y no lo mío!



http://www.blanrue.com/jesus-reponse-3.html



Ahí está el link por si alguien lo duda.



Mauricio-José Schwarz, autoproclamado escéptico y autoproclamado periodista científico no ha cometido un craso error, simplemente miente, falsea y manipula sobre el contenido de mi blog.



Es un magnífico ejemplo de lo que para algunos significa el ser "escéptico".



lunes, enero 01, 2007

Dos fuentes y media....

(Santiago el Justo, hermano de Jesús)


Recogí el artículo que a continuación muestro hace varios años desde el archivo de una participante inteligente y sensible de un foro ateo. Desconocía quien era el autor y el encabezamiento del artículo era " La Comunidad de Santiago".

No he resistido la tentación de editarlo en mi blog como ejemplo de buena y elegante demostración de la existencia del Jesús histórico utilizando tan sólo, como el desconocido autor refiere, dos fuentes y "media".....

I -. BASES HISTÓRICAS

En el análisis sobre la historicidad de Jesús creo que es conveniente ver cual es el hecho histórico seguro más cercano al que se quiere probar, la existencia de Jesús.

Creo que este hecho le encontramos en la existencia en Palestina, y sobre mediados del siglo I de nuestra Era, de una comunidad judía -enfrentada en mayor o menor medida a las autoridades judías- y que estaba regida por un tal Santiago al que se le llamaba el "hermano" de Jesús, y que reconocía a dicho Jesús como el Mesías prometido a Israel.

Considero que lo anteriormente expuesto lo podemos considerar como totalmente seguro desde un punto de vista histórico, independiente de la interpretación que demos a tales datos o de las conclusiones que de ellos saquemos. ¿Por qué podemos estar tan seguros? Porque tres fuentes independientes y directas y cuyos datos se refuerzan mutuamente así nos lo atestiguan (realmente dos fuentes y media atendiendo a la seguridad menor que nos da la tercera), y porque hasta el presente ninguna corriente historiográfica ha negado tales hechos, independiente de las conclusiones que de ellos saquen.

Comentemos dichas tres fuentes, para ver su grado de validez y para que ello nos sirva de base al análisis posterior que se hará:

A) FLAVIO JOSEFO:

En su obra Antigüedades Judías, en su libro XX, párrafos 200 a 203, nos relata el sumo sacerdocio del joven Anas (Anano II) el cual pertenecía, según el propio Josefo a "la secta de los saduceos, que son, como ya he explicado, los más desprovistos de piedad de entre los judíos a la hora de aplicar justicia" , muy en la línea del pensamiento anti-saduceo y pro-fariseo del autor.

Pues bien, según Josefo, dicho sumo sacerdote, aprovechando un vacío de poder romano debido, según cuenta, a la muerte del procurador Festo y a que su sucesor estaba aún de camino, para llevar a cabo una pequeña "vendetta" personal, y de ésta manera nos expone que:

"De manera que convenció a los jueces del Sanhedrín y condujo ante ellos a uno llamado Santiago, hermano de Jesús, el llamado por los suyos Mesías, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley y ordenó que fueran lapidados".

Concluye el autor su relato señalando como dicha medida suscitó oposición entre muchos notables judíos por su arbitrariedad, los cuales pusieron los hechos en conocimiento tanto del rey Agripa (Herodes Agripa II) como del procurador Albino que se encontraba en camino para Judea desde Alejandría, el cual procedió a destituir a Anas de su cargo.

Autenticidad de la fuente: El texto citado parece ser auténtico, ya que resiste tanto un análisis de autenticidad formal, estudio filológico y de formas, que coinciden con el estilo de Josefo, como de autenticidad material, no parece probable una interpolación cristiana, ésta hubiera sido mucho más "escandalosas" y hagiográficas, y además las menciones a un hermano de Jesús siempre hubieran sido peligrosas para una fe que proclamaba la virginidad de María.

Verosimilitud de la fuente: Flavio Josefo vivió en Palestina en la supuesta época de los hechos, nació en Jerusalén en el año 37, así que tendría unos 25 años cuando sucedieron, y por su condición era una persona bien informada de los acontecimientos políticos y sociales, por lo que hemos de considerar su testimonio como directo. Por otra parte el relatar una pequeña pugna entre un grupo judío disidente y la autoridad sacerdotal en modo alguno afectaba ni positiva ni negativamente a ningún interés del autor -es decir no tendría ningún motivo para inventar o deformar esos hechos-, por lo que hemos de considerar también su testimonio como veraz y fiable.

Marco histórico de referencia: Flavio Josefo es muy preciso al datar el acontecimiento de la muerte de Santiago, que sucedería en tiempos del Sumo Sacerdote Anano II, el cual aprovecha el vacío de poder romano a la muerte del procurador Festo y antes de la llegada de su sucesor Albino. Por fuentes totalmente externas sabemos que tal circunstancia histórica se produjo en el año 62 de nuestra era. Festo rigió Palestina en los años 60 a 62 y Albino entre los años 62 y 64-, lo cual redunda en confirmarnos las historicidad del dato.

Dicho año 62 sería pues por una parte la fecha más antigua segura de la que podemos tener noticias tanto por fuentes clásicas como cristianas, y por otro lado sería la fecha en la cual terminaría la Comunidad de Santiago como tal, es decir, regida por el "hermano" de Jesús.

Sin embargo hay que tener muy en cuenta que del relato flaviano se desprende necesariamente que esa comunidad jacobea ya existía al menos algún año antes del 62, siendo su testimonio plenamente compatible e indirectamente corroborador con las fechas más antiguas a las que haremos referencia en las otras fuentes.

B) PABLO DE TARSO:

En las cartas paulinas se nos dan varias referencias a la existencia de la Comunidad de Jerusalén a la que nos hemos referido al principio. Pablo nos dice varias cosas de esa Comunidad, vamos a señalar algunas de ellas:

1-. Era la Comunidad de referencia de todas las demás, a las que se remitían periódicamente colectas (como ejemplo véase Romanos 15, 25-26 y mucho más específicamente I Corintios 16, 1-3).

2-. Era una Comunidad que Pablo conocía personalmente. En sus cartas se hacen por una parte referencias expresas a estancias del de Tarso en Jerusalén (Gálatas 1,18-19 o Gálatas 2, 1-10) y por otra parte hay múltiples referencias a proyectos de viaje a esta ciudad que nos dan la idea de que dichas visitas debían realizarse con alguna frecuencia, probablemente para llevar periódicamente los fondos de las “limosnas” (ver de nuevo los textos de Romanos y I Corintios mencionados en el párrafo anterior)

3-. La Comunidad se hallaba regida por tres personas, Santiago, Cefas y Juan, a los que se les denomina “columnas”, y a quienes el autor de las cartas conocía personalmente (Gálatas 2, 9), pero de dicho “triunvirato” quien en última circunstancia mandaba era Santiago, ante el cual o sus enviados el propio Cefas cedía (Gálatas 2, 12).

4-. Santiago, el cabeza de la Comunidad, es denominado por Pablo como “hermano del Señor” (Gálatas 1, 19), es decir, hermano de Jesús, ya que el termino “Kyrios” (Señor) es aplicado siempre en la terminología paulina a Jesús (I Corinitios 1, 3 como ejemplo). Aunque nos referiremos más tarde a ello con más amplitud, en Pablo se diferencian claramente los términos “hermano del Señor” -que sólo se atribuye a Santiago y a pocos más, pero no a todos los miembros de las comunidades- del simple “hermanos” que como saludo dirige a todos los integrantes de los primitivos grupos cristianos.

Autenticidad de la fuente: Los párrafos a los que se hace referencia corresponden a cartas paulinas consideradas como auténticas del apóstol sin ninguna discusión seria por la práctica unanimidad de los estudiosos, y escritas por el propio Pablo durante la década de los 50 del s. I de nuestra Era. Tampoco existe ninguna objeción sobre los párrafos en concreto, no detectándose en ellos ninguna interpolación ni a nivel formal, estilo, etc ni a nivel material, después de todo hablan de hechos concretos que no traducen ninguna controversia teológica sobre la que un copista se pudiera sentir inclinado a intervenir, a excepción todo lo más que sobre el dogma de la virginidad de María supusiera la existencia de hermanos de Jesús, lo que en todo caso hubiera llevado a la eliminación de los párrafos, no a su adicción.

Verosimilitud de la fuente: Está claro que Pablo nos habla de hechos y personajes conocidos personalmente y con los que mantenía una relación habitual e incluso encuentros personales, por lo que hemos de considerarle como fuente directa. Otra cuestión es si el de Tarso nos cuenta o no la verdad de lo que describe, y en cuanto a esto hay que señalar que sin entrar a debatir ahora la sinceridad general de las cartas en su conjunto, no parece existir ningún motivo serio -y no hay ninguna sugerencia en tal sentido por la historiografía- por el que Pablo quisiera engañar al simplemente describir personas y situaciones sin mayor trascendencia y que por otra parte podrían ser conocidas por los destinatarios de las cartas, que podrían desenmascarar cualquier fraude descarado - no olvidemos que trata de personas supuestamente vivas en el momento en que se envían las cartas.

Por supuesto que en todo caso sería posible una apreciación subjetiva de los encuentros con las personas a los que cita, en donde el apóstol "quedara mejor" de lo que realmente sucedió, pero ello en todo caso afectaría a los datos secundarios del encuentro y nunca a la existencia del encuentro en sí, ni a la realidad de las personas de las que habla. Por otra parte, y además, Pablo presupone una comunidad anterior a él, y frente a la cual él en cierto modo es un recién llegado, no pareciendo lógico que de querer fabular lo hubiera hecho en este sentido, sino más bien en el contrario.

Marco histórico de referencia: Al contrario que en el caso de Josefo, no podemos establecer unas fechas exactas para los acontecimientos que narra Pablo, pero aún así el margen de error de las dataciones que tradicionalmente establecen los historiadores es muy pequeño, no más de seis años, lo que tampoco plantea serios problemas. Si señalábamos antes la fecha del año 62 como la más antigua posible basada en fuentes clásicas podemos establecer ahora la del llamado Concilio de Jerusalén -y que los historiadores datan en torno al año 49, con el margen de error ya expuesto - como la más antigua cierta basada en fuentes cristianas en la cual existía una comunidad regida por Santiago.

Queremos insistir en el uso de la palabra "cierta", ya que es lógico suponer que dicha comunidad de Santiago existía antes del mencionado concilio o encuentro. De hecho Pablo señala que habían pasado 14 años desde su incorporación hasta dicho concilio, lo que nos retrotraería a la década de los 30, y en los cuales seguía existiendo la figura de "hermano" del Señor, pero en cuanto en esos 14 años y según reconoce el propio Pablo su actividad no fue pública, aquí si podemos dudar de si el de Tarso no se estaba simplemente atribuyendo una "veteranía" superior a la que realmente tenía.

Así pues y en resumen, de las fuentes paulinas podemos establecer sin duda que sobre el año 49 existía ya la comunidad de Santiago, y podemos suponer -pero ya no con la misma seguridad- que dicha comunidad venia existiendo desde varios años antes -hasta 14-.

C) LUCAS (el autor de HECHOS) :

En primer lugar hay que advertir que no sabemos el nombre real del autor del llamado Evangelio de Lucas y probablemente del libro de Hechos de los Apóstoles, y que si se le sigue llamando Lucas es por convención a falta de otro nombre mejor.

Lucas en primer lugar nos confirma el marco general en el que se desenvuelve la predicación y la actividad paulina, pero centrándonos en el tema que ahora nos interesa, nos informa de dos cuestiones:

1-. La existencia de la Comunidad de Jerusalén como origen del movimiento en el que se integró Pablo y como comunidad de referencia de las demás en el mismo sentido que el descrito en las cartas paulinas. Son numerosas las alusiones a dicha Comunidad en todo el texto, por ejemplo citamos Hechos 21, 17 y ss donde se relata el último viaje de Pablo a Jerusalén.

2-. La estructura de una organización de dicha comunidad regida por Santiago y por Pedro (a Juan sin embargo no se le menciona) pero donde en última circunstancia es Santiago quien decide, corroborando lo expuesto por Pablo. Así pues en el capitulo 21 antes citado es Santiago quien recibe a Pablo en su casa. Sin embargo mucho más claro es el capítulo 15, 6-21 de Hechos, que narra lo ya contado por Pablo en Gálatas 2, aunque de manera más “light” y donde se observa que quien toma la última palabra y decisión en la controversia que dividía a la Comunidad fue Santiago, confirmándose de ésta manera la veracidad histórica de dicho personaje.

Autenticidad: Al contrario que con las fuentes flaviana y paulina, no podemos estar completamente seguros de la autenticidad del libro de Hechos de los Apóstoles. Si bien la mayoría de los autores se inclinan por atribuírselo al mismo autor del evangelio de Lucas, ya que existen buenas y poderosas razones para ello, no podemos ignorar que un sector minoritario niega tal identificación y lo atribuye a algún autor del s. II muy separado de los hechos originales.

Algo similar sucede con la fecha de composición. La usualmente dada le sitúa en la década de los 80, en base a suponerle el segundo libro a Teófilo, continuación del evangelio de Lucas y escrito por lo tanto después que éste, sin embargo en honor a la verdad hay que señalar que si no fuera por dicha relación con el evangelio lucano, y sí en base al propio libro, la fecha más correcta sería anterior a la muerte de Pablo, sobre el año 64 y muy cercana a los supuestos hechos descritos. Por el contrario también hay que señalar la opinión contraria de algunos autores que lo retrasan hasta fechas tan lejanas como el año 150, lo que desvirtuaría su carácter de fuente.

Verosimilitud de la fuente: Las mismas dudas que sobre la autenticidad nos surgen sobre la verosimilitud en relación a la proximidad sobre los supuestos hechos. Parece ser que aquellas partes denominadas por los estudiosos como "párrafos-nosotros" (en atención al empleo de la primera persona del plural) si corresponden a un testigo presencial de los hechos descritos, por lo que nos encontraríamos ante una fuente directa (ello se considera así tanto en base a la crítica textual y de coherencia interna del texto, como a la precisión en describir lugares, magistrados y procedimientos de la época de los supuestos hechos descritos y que han sido confirmados independientemente por la arqueología). En cambio en el resto del libro nos encontraríamos en el mejor de los casos con una fuente indirecta, aunque no necesariamente inválida, de un integrante de la primitiva comunidad que sin ser testigo presencial si podía tener acceso a hechos comúnmente conocidos en dicha comunidad.

En cuanto a la verosimilitud subjetiva del autor, es decir a la sinceridad de lo que escribe, aquí volvemos a ver una diferencia muy clara con las dos fuentes precedentes. Lucas -o quien fuera el autor de Hechos- sí tiene un interés subjetivo claro y apologético al presentar los hechos, y le interesa dar una imagen idealizada y casi idílica de la primitiva comunidad cristiana, por lo que hemos de andarnos con mucho tiento a la hora de aceptar las cosas tal y como las expone. Su obra es ante todo catequesis mucho más que historia. Aún así, podemos hallar un sustrato de veracidad en los relatos, en especial en aquellos puntos en los que el autor reconoce, aunque sea en términos muy eufemísticos, situaciones de enfrentamiento en dicha comunidad.

Marco histórico de referencia: Si bien el Lucas de los "párrafos nosotros" parece estar muy informado en cuestiones geográficas y sociales, no lo está tanto cuando habla de fechas, cayendo a menudo en errores manifiestos. Por lo tanto en lo que respecta a éste apartado, del libro de Hechos lo más que podemos deducir es un marco datacional amplio que debe ser precisado en base al resto de las fuentes, remitiéndonos aquí a lo expuesto tanto para Josefo como para Pablo.

II -. INTERPRETACIÓN DE LAS FUENTES

¿A qué pueden hacer referencia las fuentes al emplear el término "hermano"? ¿A qué pueden hacer referencia, en especial Josefo, al hablar de Mesías? Éstas son a mi juicio las grandes preguntas desde el punto de vista histórico, y que no puede despacharse con ninguna explicación simple y sin un cierto análisis como si de las respuestas que obtuviéramos no tuviéramos que extraer forzosas consecuencias, que es lo que por desgracia se observa en algunos libros que tratan sobre la historicidad de Jesús. Vamos a examinar sobre todo la cuestión de a qué se refiere el uso del vocablo "hermano", porque la respuesta que demos a dicha pregunta, y por lo que luego se dirá, va a estar relacionada con la significación del término Mesías, y nos dirá si tal atribución se atribuye o no a un hombre real e histórico.

Desde el punto de vista del objetivo del presente análisis está claro que los diversos sentidos que se pueden dar a la palabra "hermano" se han de englobar en una de las dos posibilidades siguientes:

A) Sentidos que implican la existencia de una persona real de carne y hueso: Aquí incluiríamos tanto los significados que suponen una relación de consanguinidad (hijos del mismo padre y de la misma madre, hijos sólo del mismo padre o de la misma madre, o incluso parientes algo más lejanos, como primos carnales) como aquellos que no suponen la consanguinidad, de forma que la hermandad se adquiera bien por adopción, por matrimonio (hermano político o cuñado), o incluso por afinidad (personas muy unidas sentimentalmente, hermanos de leche, hermanos por pacto de sangre, etc).

Cualquiera de las posibilidades anteriores insisto, suponen necesariamente la existencia de una persona real, por lo que no es necesario analizar cuál en concreto es la correcta a los efectos que nos ocupan.

B) Sentidos que implican un mito o una leyenda, es decir una relación con un personaje no real, o al menos no real de carne y hueso: En este apartado se puede considerar el titulo de hermano bien en relación a una Divinidad (ya se entienda la relación como real, como simbólica o como de mero título el resultado sería igual), en relación a un personaje legendario- en dicho caso siempre como título-, o incluso en relación a un espíritu personal (como podría ser el “daemon” gnóstico que se supone sería el “yo” espiritual de una persona, y al que se le representa como hermano del “yo” material).

Pues bien, creo que desde un punto de vista historiográfico serio tenemos que inclinarnos forzosamente por considerar y sin muchas dudas cualquiera de las opciones englobadas en el apartado A) como la correcta, y ello tanto por razones negativas que hacen aparecer como poco probables las del apartado B), como por positivas que nos indican la verosimilitud de la postura que sostengo.

Paso a analizar por separado ambos tipos de razones:

1) Argumentos en contra de considerar el término “hermano” con un sentido simbólico: Los autores que mantienen posturas contrarias a la historicidad de Jesús suelen despachar el tema señalando simplemente que los cristianos se llamaban hermanos entre ellos o que en las comunidades religiosas sus miembros se suelen dar el título de hermanos sin serlo de sangre. Sin embargo estos argumentos son extremadamente simplistas y muy poco serios, ya que de seguir tal línea de pensamiento las fuentes llamarían hermanos de Jesús -no sólo hermanos entre ellos - a todos los cristianos (Pedro también seria hermano de Jesús, y no aparece como tal). Aún así, y como la duda está planteada, veamos argumentos que hacen que dicha línea no parezca muy válida:

---- 1.a) El uso simbólico o como título de la palabra hermano sería en todo caso admisible en Pablo, pero nunca en Josefo. Cuando este último se refiere a Santiago como hermano de Jesús al que llamaban el Mesías, queda claro que el único título que aparece en la frase es el de "Mesías", y que dicho título se atribuye al tal Jesús. Si Josefo se hubiera querido referir a un título de Santiago hubiera dicho algo así como "Santiago, al que llamaban el hermano de Jesús" cosa que no hace, y por supuesto no hubiera cometido la incorrección gramatical de emplear dos títulos consecutivos.

---- 1.b) De aceptarse el uso simbólico como título en relación a una Divinidad del término hermano, nos encontraríamos ante una situación sin precedentes en toda la historia del pensamiento religioso. Es cierto que lo más común en cualquier comunidad religiosa -y no religiosa también muchas veces - es que haya un sentimiento de familia y se usen términos que implican relaciones familiares, pero en todos los casos con una diferencia esencial: El uso del "hermano" se circunscribe siempre a las relaciones de los miembros de la comunidad ENTRE SI, es decir implica relaciones entre personas reales (y el cabeza puede entonces una especie de "hermano mayor" o "gran hermano"), mientras que las relaciones con la Divinidad son siempre paterno-filiales, nunca de hermandad.

Todo lo más podemos encontrarnos en la religiosidad comparada casos en los que una persona de carne y hueso se atribuya una hermandad con alguna divinidad cuando a esa misma persona se le atribuye de por sí un carácter divino, pero está bien claro que nadie consideraba a Santiago con ningún tipo de divinidad, ni propia ni asociada. Es decir, si las fuentes hubieran hablado de un Santiago, el "hijo de Jesús", o de un "divino Santiago" se podría plantear la duda de que el parentesco fuera simbólico, pero tal y como se nos presenta la posibilidad es más que remota.

Por supuesto no podemos negar la posibilidad absoluta de que la comunidad de Santiago se hubiera inventado por primera y única vez en la Historia el título de hermano de una Divinidad referido a un simple mortal, pero quien quiera apoyarse en tal posibilidad realmente remota, deberá por una parte dar algún tipo de argumentos de por qué debe preferirse tal opción y por otra parte explicar porque dicho título no tuvo continuidad después de Santiago.

---- 1.c) En cuanto a la posibilidad de que el término "hermano" se refiriera a algún tipo de espíritu personal o de "yo" superior gnóstico tampoco parece nada probable. Aparte del hecho de que jamás hubiese sido usado dicho término por Josefo, no es lógico que Pablo no hubiere hecho referencias al espíritu o al "daemon" de otras personas, incluida él mismo.


2) Argumentos a favor de considerar que con el vocablo "hermano" (y correlativamente también el de “Mesías”) si se hace referencia a una persona real
: En este apartado hemos de analizar por separado en cada una de las dos fuentes (flaviana y paulina) los aspectos positivos que nos inducen a pensar que cada uno de los dos autores se referían a un Jesús real como hermano de Santiago


---- 2.a) Los términos “hermano” y “Mesías” en Josefo: En cuanto a la fuente flaviana, hemos de tener en cuenta que Josefo fue un judío que aunque helenizado, vivió en Palestina y conocía perfectamente el ambiente religioso del judaísmo palestino, que por otra parte describe ampliamente en su obra Antigüedades, señalando los diferentes grupos y las creencias que defendían dichos grupos.

Pues bien, para todo el judaísmo palestino de la época la figura del Mesías era una persona plenamente humana, no divina ni semi-divina. Por supuesto cabe la opción de que grupos de la diáspora hicieran otra interpretación del término “Mesías”, pero no cabe dicha opción dentro del judaísmo palestino. Josefo, que se refiere siempre a dicho judaísmo palestino, de haber tenido alguna noticia de una reinterpretación tan grande de la figura mesiánica hubiera tenido que hacer referencia a ello, ya que hace referencia a variedades religiosas mucho menos significativas.

De ésta manera, si Josefo usa el susodicho término “Mesías” con total normalidad, sin dar ningún tipo de explicación ni aclaración no cabe ninguna otra posibilidad lógica que entender que se estaba refiriendo a una persona de carne y hueso, al que los suyos consideraban “Mesías” y uno de cuyos hermanos, entendiendo hermano en el sentido usual y no metafórico o gnóstico del término, fue ejecutado por el Sumo Sacerdote de turno.

--2.b) Los “hermanos” de Jesús en Pablo, referencia a hermanos reales: Por fortuna, también en Pablo tenemos elementos de juicio para considerar que dicho autor usaba el término “hermano” en el sentido A) de nuestra exposición, lo cual unido a la fuente flaviana nos lleva irremediablemente a la consideración de entender que dicho sentido A) es desde el punto de vista de la metodología histórica el correcto.

Si Pablo solo se refiriera a un solo hermano de Jesús (a Santiago) se podría dudar de si dicho término se empelaba como un titulo o en un sentido simbólico, pero la cuestión es que se refiere también a la existencia de otros hermanos (por ejemplo en I Corintios, capítulo 9, versículo 5). A éste respecto tenemos que tener muy en cuenta varias cuestiones, para no confundirnos, a saber:

1-. No todos los miembros de la comunidad eran “hermanos del Señor”. Pablo claramente distingue a estos hermanos de otros miembros ( y por supuesto cuando se dirige a sus destinatarios como “hermanos“ no les llama “hermanos del Señor“).

2-. Ni siquiera todos los dirigentes eran hermanos del supuesto fundador. Cefas, una de las tres “columnas”, es decir dirigente del grupo, no es hermano del Señor, y sin embargo aparece por encima de los que son llamados hermanos excepto de Santiago.

Ante ello no queda otra que aceptar que Pablo considera a estos hermanos como hermanos reales y no simbólicos.

III -. CONCLUSIONES

---- A la luz de todo lo expuesto, de que varias fuentes independientes entre si coinciden en el mismo relato básico, de que al menos dos de ellas son fuentes directas, autenticas y verosímiles, y de que la interpretación lógica de cada fuente señala claramente en una sola dirección, debemos afirmar como histórica y directamente probado, sin que existan dudas razonables sobre ello, lo siguiente:

1) Que sobre mediados del s. I de nuestra Era existió en la entonces Judea romana una comunidad, grupo o secta, según la denominación que se prefiera, de judíos que proclamaba a un tal Jesús como Mesías, comunidad que se expandió por otras áreas del mundo romano y que dio origen al Cristianismo.

2) Que dicha Comunidad estaba regida por un hombre llamado Santiago, al que se llamaba hermano de ese Jesús.

3) Que quienes conocieron a dicha Comunidad y a su dirigente Santiago, tanto los de dentro (Pablo) como los de fuera (Flavio Josefo) consideraban a dicho Santiago como hermano real (y no en el sentido de título o metafórico) de ese Jesús, y que por lo tanto daban por sentado que había existido dicho Jesús, y que dicho Jesús había sido un hombre de carne y hueso que había fundado la Comunidad y al que los suyos, como tal hombre real, habían proclamado Mesías.

---- Sin embargo nos surge inmediatamente la pregunta ¿De lo anterior tenemos que colegir necesariamente que ese tal Jesús existió efectivamente? O dicho de otra manera ¿Las pruebas ciertas de los puntos antedichos son también pruebas ciertas de la historicidad de Jesús? La respuesta debe ser cauta y no categórica, pues hemos de diferenciar entre dos aspectos o niveles de certeza histórica:

A) Si pedimos una seguridad total y plena (la que casi nunca existe en Historia) hay que reconocer que las fuentes no suponen prueba directa de la historicidad de Jesús, pues tanto Pablo como Josefo no conocieron directamente al Jesús de carne y hueso (y menos Lucas por supuesto al que solo usamos como fuente confirmadora de las anteriores). Pablo, de ser cierto todo su relato llegó a Jerusalén unos siete años después de la supuesta muerte de Jesús, y Josefo o bien no había nacido cuando se produjo dicha muerte o bien era un niño de muy corta edad.

Ante ello siempre podría surgir a este respecto la duda sobre si Pablo y Josefo fueron engañados con respecto a los orígenes de lo que conocieron, o si entendieron mal y dieron por supuesto lo que no era. Así pues desde una postura hipercrítica (el hipercriticismo es una corriente historiográfica minoritaria aunque con seguidores, conviene señalar) se puede seguir manteniendo la no existencia de prueba directa y segura de la existencia de Jesús.

B) Sin embargo si nos planteamos el tema en el sentido de pedir una seguridad relativa y razonable, el tipo de seguridades que normalmente consideramos como validas en Historia (salvo por las corrientes hipercríticas, claro) a juicio de quien suscribe si que se puede afirmar que lo expuesto constituye una prueba indirecta razonable de la existencia real de Jesús, y ello por cuanto sigue:

b1 -. Las fuentes asumen la existencia de una persona real que al ser hermano de Santiago no pudo vivir muchos años antes de los hechos que relatan. Incluso admitiendo una gran diferencia de edad entre los dos hermanos (Jesús muy mayor, Santiago muy joven) está claro que ambos tuvieron que coincidir en el tiempo, y además en la edad adulta, lo que nos daría un margen de muy pocas décadas anteriores a la mitad del siglo (20 o 30 años a lo sumo).

b2 -. Así pues las fuentes nos informan de forma clara y necesaria que el hombre real que presuponen vivió en la época inmediatamente anterior a la suya, y por lo tanto si bien no tuvieron conocimiento directo si le tuvieron indirecto, ya que siempre conocerían a personas que si vieron a ese Jesús.

b3 -. El margen de tiempo señalado antes es muy escaso e insuficiente para “inventar” completamente a una persona ficticia. La gente no admitiría tan tranquilamente la suposición de que un hombre real que había vivido hacía poco era considerado por algunos el Mesías si alguien hubiera dicho algo del tipo: “oye que no había ninguna persona llamada así, que yo estuve allí en esa época y no hubo ningún Jesús”

b4 -. Es muy difícil que Flavio Josefo, un judío de Jerusalén que creció en ese ambiente pudiera ser engañado ni que hubiera hecho referencia sin más complicación a un “Mesías” real de carne y hueso si le hubiese cabido alguna duda sobre el tema, duda que inevitablemente le tendría que haber surgido de haber sido falso ese “hermano” de Santiago. Argumentación parecida debemos hacer de Pablo que llegó a Jerusalén pocos años después de la existencia de ese Mesías siendo ya una persona adulta.

No sólo es razonable admitir que Josefa y Pablo estaban bien informados, sino que lo poco razonable sería sostener lo contrario.

---- En definitiva, habrá que reafirmarse en lo dicho al principio de todo, que si bien no se puede aseverar indubitativamente que Jesús existió, si se puede afirmar que sostener dicha existencia como cierta es lo más razonable y probable, amén de lo más correcto desde un punto de vista de la metodología histórica.